viernes, 3 de julio de 2026

El ciclo de la vida definitivo de Heidy Juliana Poveda Virguez

 Fue a la edad de 3 años que Carlitos tomó un refresco por primera vez, él era tan pequeño y fue un detalle tan irrelevante que nunca lo iba a recordar. Ese día su madre simplemente arrojó la botella a la basura y así fue como los dos, Carlitos y la botella, empezaron su vida por separado minutos después de conocerse. Con el pasar del tiempo el niño fue al colegio mientras la botella vagaba entre bocas de desconocidos siendo rellenada una y otra vez en la fábrica; a la edad de 18 aquel pequeño ya se había graduado mientras que a su ex-conocida la vida la trataba distinto, se hallaba cada minuto en una esquina diferente. Esperando volver a la fábrica donde fue creada recorrió la ciudad e incluso visitó otras, pasando de mano en mano y siendo empujada por el ambiente. Fueron unos largos 12 años en los que Carlos también perdió, había apostado su casa y perdió su trabajo porque no era capaz de ver más vida fuera de su ludopatía, terminó en la calle y no le quedó de otra más que reciclar y fue en un momento aquel donde sus manos palparon por un instante una textura desconocidamente conocida antes de separarla de nuevo con las mismas manos que la llevarían devuelta a su morada; sin embargo, ese día fue como cualquier otro, Carlos reciclaba y ella volvía a la rutina.

Aquel hombre tuvo 2 hijos y pudo hacerse de una vida como reciclador, pero su adicción le pasó factura, a los 45 años compartía la tierra con el plástico. Tras este suceso uno de los hijos continuó con el oficio del padre. A menudo se reencontraba sin saberlo con aquella botella de la cual su papá un día bebió, era su trabajo el que le permitía a la botella volver a la fábrica quitándole su rol de vagabunda del mundo, incluso era curioso porque en algún punto ella pasó por gran parte de la familia fueran recicladores o no, y cada uno llegaba a tener vidas diferentes, pero llegaban a lo mismo: la muerte. Todos morían menos ella, pasaron generaciones y seguía ahí, continuando el día a día, no por decisión sino porque su muerte no existía, condenada a una existencia que parecía eterna, era capaz de contemplar la vida de las personas, aunque fuera tan solo unos instantes. Sin embargo, esto resulta irrelevante, a nadie le importa. Eso es problema de los 100 años que le faltan por venir, preocupante sería quedarse sin envases de comida, preocupante cuando me empiece a quitar el espacio que me corresponde para sembrar plantas y enterrar a mis muertos, hasta entonces que mire la familia de Carlos como seguir reciclando.

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