viernes, 3 de julio de 2026

Tradiciones colombianas de Laura Valentina Roncón Guataquira

 Hoy me levanto apenas suena el gallo. Es día de ir a cumplir con mi deber como ciudadano en este gran país, mi queridísima Colombia. La mañana está helada y húmeda. Camino por la trocha de siempre, con el barro pegado a los zapatos, mientras motos, buses y parlantes políticos que llevan semanas atormentando el pueblo.

Me acomodo el sombrero, sacudo un poco el polvo de mi saco negro de drill y sigo el camino. Hace años no veía tanta emoción hay banderas, camisetas de colores y doña María prometiendo el cambio mientras ofrece el fiambre que “el doctor” mandó para más tarde; todos parecen tan vivos hoy.

Mientras en la tienda de don Efraín me detengo por un tinto, nada raro; nadie me saluda, aunque eso ya es costumbre. La muchacha que sirve el café me mira raro cuando le hablo, como si hubiera visto un espanto, le sonrío con educación; uno nunca debe perder los modales, ni siquiera en elecciones.

Sigo caminando hasta la pequeña escuela del pueblo, la misma que los profesores lograron pintar gracias a una rifa de pollo asado organizada para recoger fondos, paso la entrada y me dirijo donde pusieron las mesas de votación. Hay una fila larga bajo el sol que apenas empieza a calentar. Escucho discusiones sobre fraude, mercados regalados y buses llenos de gente traída de quién sabe dónde, lo normal; democracia le dicen. Cuando por fin llego a la mesa, el jurado bosteza mientras revisa la lista. Pasa el dedo lentamente por los nombres y de repente levanta la mirada sorprendido.

—¿Número de cédula? —me pregunta nervioso.

Se la digo y el hombre traga saliva, mira otra vez el papel; luego mira mi cara. Después vuelve a mirar el papel.

—Aquí dice que usted…

Se queda callado y yo sonrío paciente.

—Sí señor, aquí aparezco. Nunca falto a una elección.

Los otros jurados se acercan, una señora se persigna y otro muchacho se pone pálido. Pero al final me entregan el tarjetón, porque en este país podrá faltar el agua, la plata y hasta la vergüenza, pero jamás un voto. Entró al cubículo lentamente y marco mi candidato con cuidado y deposito el voto en la urna. La registradora pita como si nada, simplemente exhaló y pienso; un voto más para la democracia y un ciudadano cumplido más para la patria.

Salgo de la escuela mientras los testigos electorales murmuran a mis espaldas, hace frío, el viento sopla fuerte y levanta polvo en la plaza. Ya es más de medio mediodía, ¿Cómo pasó el tiempo tan rápido?, seguro ya se acabó el fiambre donde doña María. Sin más, emprendo el camino de regreso. Paso nuevamente por la tienda, por la cancha vacía y por la vieja iglesia del pueblo, nadie me detiene, tampoco me hablan; tal vez porque ya todos entendieron.

Ya finalmente cruzo el portón oxidado del cementerio; y avanzo entre las lápidas hasta llegar a la mía. Le paso la mano al mármol y leo, como cada cuatro años; mi nombre grabado; me acomodo dentro del ataúd con tranquilidad, porque en Colombia hay tradiciones que ni la muerte puede quitar.

Murdor de Dayana Valentina Cuaran Contreras

En un mundo que lo presencia todo pero no recuerda nada, los monstruos no son monstruos, porque los héroes lo son. Eso fue lo que gritó Vao antes de perecer.

Vao era una chica común y dudosa de todo. Vivía en una ciudad que cada vez se hundía más en su desgracia, y esa ciudad se llamaba Murdor, donde no vivía nadie pero se escuchaban voces; al menos eso pensaba ella. Murdor era hermosa porque nada en ella era normal: había animales mutantes parlantes que cuidaban la naturaleza con una devoción que ningún humano conocía. Todos les temían, pero ellos eran los únicos que amaban al otro sin condición y no les importaba morir por alguien más. Existían también las Limpus, un insecto humanoide que velaba por los ciudadanos mientras dormían. Sin embargo, por cada pensamiento negativo que intentaba corromper a alguien, una Limpus moría, y nadie podría volver a soñar. Y no hablamos solo de dormir, sino de SOÑAR. Vao sabía que su ciudad se corrompía por la maldad maldavestica, así la llamaba ella. Las personas en el poder creían ser los dioses de la ciudad y afirmaban que todo lo malo que hacían era necesario para el bien mayor. Pero no era así: solo pensaban en sí mismos. Cazaban a los Brimbis, animales mutantes parlantes, sabiéndolo importante que s. Los ciudadanos, por su parte, nunca cuestionaban nada; solo repetían lo que otros decían y replicaban cualquier acción ajena. Quisiera decir que había más personas como Vao intentando salvar a los Limpus y a los Brimbis, pero no las había. Nunca se le ocurrió una manera de cambiar la forma de pensar de los demás, hasta el 6 de diciembre de 1928, cuando creyó haber encontrado la única solución. Con ayuda de los Limpus, alterar los sueños parecía lo correcto: así, salvaría a todo ser que no tenía voz pero sí sentía, de los monstruos con capa de héroe.

Se puso en marcha: una Limpus por persona debía hacer que soñaran y añoraran los días de tranquilidad, cuando todos convivían sin esconderse. Y sí, eso soñaron. Sin embargo, no salió como esperaba. Todos extrañaban aquellos tiempos, pero no querían volver porque creían tener poder para mover gente y cosas a su antojo. Los sueños se salieron de control: todos sentían envidia y peleaban por sus riquezas. Groko, el líder de los llamados héroes, había advertido que Vao estaba confabulada con seres monstruosos y que en la noche les arrebataría su poder. Todos la atraparon con una sola intención: asesinarla de la manera más atroz posible. Vao lo intentó con todo lo que tenía. Murió entre los mismos descerebrados que creyó poder despertar, la ciudad siguió hundiéndose y solo quedo el silencio de quienes no escucharon. O eso pensábamos.

Más allá de Fótica de Breyner Eduardo Medina Camacho

En los límites difusos de Fótica, aquella región del océano donde la luz del sol todavía juega a encender el agua con destellos dorados, vive una medusa de filamentos translúcidos y una estrella de mar de un color naranja encendido. A diferencia de las demás criaturas del arrecife, que se conformaban con la seguridad de la corriente y la rutina del coral, la medusa pasaba las horas suspendida en el agua, mirando fijamente hacia arriba, donde el azul se volvía cada vez más pálido y misterioso.

—Tiene que haber algo más —susurra siempre, balanceando su campana con un rítmico latido—. Más allá de donde termina la luz que conocemos debe existir un mundo entero.

Un día, la estrella de mar, contagiada por la persistente curiosidad de su amiga, decidió despegarse de su roca ancestral. Juntas emprendieron una lenta expedición vertical hacia la superficie. En el camino, mientras el agua se volvía notablemente más cálida, se les unió un inesperado compañero: un atún bebé, de movimientos eléctricos y escamas plateadas, que se asombró al ver a una pareja tan peculiar viajando con determinación hacia el techo del mundo. De repente, el ascenso los llevó a un punto crítico. La estrella de mar se aferró con fuerza a la cresta de un arrecife extrañamente alto, una aguja de piedra que casi rozaba el final del agua. Al mirar hacia el exterior, sus pequeños ojos litorales se abrieron de par en par. A través del vaivén constante de la superficie, no solo se divisaba el cielo, sino el reflejo colosal de una montaña verde, densa y viva. Una isla flotando en la frontera del aire.

—¡Miren eso! —exclamó la estrella, señalando la silueta con uno de sus brazos—. Tenemos que ir. Los tres juntos.

El atún bebé daba vueltas concéntricas de la pura emoción y la medusa brillaba con una intensidad deslumbrante. Sin embargo, antes de dar el último impulso hacia el exterior, una sombra alargada emergió de las grietas. Era una vieja serpiente marina, de escamas sabias y movimientos pausados. Al escuchar los planes de los jóvenes viajeros, la serpiente frunció la mirada y dejó escapar un siseo lúgubre.

—No vayan —les advirtió—. Esa montaña verde es hermosa, pero está rodeada por un monstruo invisible: la contaminación humana. Los gigantes que viven allá lanzan cosas muertas que flotan, redes que atrapan sin piedad y venenos que apagan el brillo del mar. Si cruzan esa línea, corren el peligro de no regresar jamás.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo. El atún bebé se encogió, asustado, y la medusa miró a la estrella. Las palabras de la serpiente eran oscuras, pero el reflejo de la montaña verde seguía allí arriba, parpadeando bajo el sol, como un misterio que se resistía a ser olvidado. El miedo y el deseo de descubrir el mundo chocaban en sus pequeños corazones marinos.

Los encantos del Tolima de Oscar Fernando Calderón Moncaleano

Cuando recorríamos el parque principal de El Espinal, de paseo por el Tolima, lo primero que vimos fue a un hombre desnudo de larga cabellera que fumaba sentado sobre una piedra, tomamos fotos mientras se comentaban datos curiosos sobre el mohán. -¡Quién sería ese tal mohan, lo había oído escuchar como una leyenda pero nada serio!-. Una vez en Saldaña, un anodino pueblo también del Tolima donde vivían mis tíos y donde pasaríamos un par de semanas, salí con un primo a dar una vuelta en moto por el pueblo, cerca nos encontramos a un par de sus amigos, con quienes cuadramos para ir a echar baño al río; nos fuimos todos en tres motos, éramos cinco en total, llevamos pola y algo de mecato, como el río dista poco del caserío llegamos pronto, mi primo se sentó a armar un cigarrillo, mientras sus amigos se quitaban la ropa quedando en boxer, uno de ellos particularmente tenía un cuerpo escultural, atlético, todos lo mirábamos con disimulo, ya en el agua todo eran chanzas y risas, hasta cuando me dio por preguntar si creían en el mohán, uno me miró raro, otro simplemente dijo que es cuento del pasado, cosa de viejos y pescadores, hoy no se habla de eso, supersticiones dijo otro, pero si quiere saber sobre el tema, hable con ese pescador que dice haberlo visto... Me señalaron un señor sin camisa que estaba sentado sobre una canoa muy cerca de allí, lo vi y se me pareció al mohán que vimos en El Espinal, -¡Vamos, es Beto yo lo conozco!- dijo entusiasmado mi primo; una vez con este señor de unos cuarenta años, de cuerpo trabajado por el río y tostado por el sol, nos contó cómo una noche de madrugada salió a pescar como de costumbre y que de la nada vio a un hombre desnudo que nadaba muy cerca de él moviendo su canoa con fuerza, reconoció que era el mohán por su larga cabellera y el brillo de su mirada, sintió miedo pero también una extraña atracción hacia él, comentó confundido... en eso me percaté que mi primo no le quitaba la mirada al cuerpo del pescador, cosa que también yo hacía, y como la tensión entre los tres era evidente, pues la verdad el pescador poseía un gran atractivo, pasado un rato nos invita a acampar esa noche en el río, que él pone el aguardiente y que esa noche bajo la luna llena, si queríamos, conoceríamos los encantos del Mohán...

La trenza del monte de Andrés Mauricio Campuzano Tobón

Por allá, muy adentro en las montañas antioqueñas, rodeado de frondosos árboles e imponentes cascadas, creció María, una niña de cabellos rizados y mejillas teñidas de un rojo carmesí. María, a pesar de su corta edad, era una niña muy intrépida y aventurera; trepaba los árboles persiguiendo a alguna ardilla o se internaba muy adentro del bosque para buscar leña para prender la fogata que, en las noches heladas de invierno, calentaría los fríos cuerpos de su grande y numerosa familia.

Una tarde no muy diferente a las demás, María salió en busca de unas bayas para calmar un poco su hambre. Caminó, caminó y sentía que cada vez el bosque la tragaba mucho más y su casita se veía mucho más lejana. Se metió por aquí, se metió por allá, y había una fuerza oculta que la obligaba a internarse mucho más en ese temible y frío bosque. El tiempo pasó y con él salió el sol; nuestra protagonista despertó y encontró su cabello trenzado de la forma más bella posible, y entre cabellos había florecillas de múltiples colores.

María regresó a su casa un poco asustada y confundida. Aunque no le contó a nadie este aterrador suceso, a la noche siguiente la tierna niña estaba quedándose dormida cuando escuchó, en la planta baja de su casa, pequeñas huellitas y como si alguien jugara con sus juguetes. María, muy astutamente, se envolvió en las cobijas hasta quedarse dormida.

Al otro día, la niña y sus papás empacaron los suficientes víveres: comida envuelta en hoja de achira, jugo de tomate empacado en un tarro de gaseosa y un costalito de naranjas. Emprendieron camino hacia una cascada de agua cristalina en donde iban a pasar el día entre risas y juegos. Caminaron y caminaron, hasta que de pronto María escuchó en un arbusto un movimiento bastante precipitado y era él; de un diámetro no muy grande, vestido de ropa verde pasto, con su cullocesco sombrero, a lo que nuestra protagonista le grita a su mamá: ¡Mira, mira! ¡Esta es la criatura que por días me ha estado atemorizando y se mete en mis sueños!. La mamá mira y ve nada más que un arbusto lleno de rojas y deliciosas bayas.

La insignificancia de Sara Nataly Monterrosa Varela

Todavía tengo esa pequeña sensación en mi mente de que algo no está bien, vivo mi día a día como siempre, me despierto a las 5 am, voy al trabajo hasta las 4 de la tarde, salgo y voy a la nocturna, luego me desplazo hasta mi pequeño aparta estudio en el centro de la ciudad, como queda cerca del instituto, puedo hacerlo fácilmente caminando, ceno algo ligero mientras veo la televisión hasta quedarme dormida. Repito esa rutina día tras día, pero desde ese suceso tengo la sensación de que hay algo que no está bien, como si algo faltara, no es depresión, créeme, yo sé cómo se siente, esto es una clase de vacío diferente. Es que realmente siento que olvidé algo importante.

Aquel día sonó la alarma, ya estoy acostumbrada a despertarme con facilidad así que me alisté como todos los días, llegué a la cafetería y todo transcurrió con normalidad. Hasta medio día el café estuvo vacío, así que esto es fácil de recordar. Primero entró la chica, según lo que dice el oficial, su nombre es Stefanie. Se sentó en la mesa junto a la ventana. Mi compañera la atendió, así que realmente no sé qué ordeno. Se quedó allí mirando el celular hasta la una de la tarde aproximadamente. Justo antes de que se fuera entró otro cliente, me pidió dos cafés para llevar y cuando se los di tropezó con Stefanie. Le pidió disculpas, la chica se limpió, pagó su cuenta y se fue. El chico salió detrás de ella, intercambiaron un par de palabras, tal vez números telefónicos, y se marcharon en dirección opuesta.

Él pidió dos cafés, le repetí al policía, pero cuando chocó con la chica se le regó uno casi por completo. Me ofrecí a rellenarlo, pero dijo que no y fue tras la muchacha a “excusarse” por su error. La policía no vio nada relevante en mi declaración, simplemente quedó como otro de muchos casos inconclusos, otra chica desaparecida, otro nombre en los titulares.

Pero hoy algo no está bien. Tras muchos meses volví a esa cafetería, ahora como cliente. Disfruté de una taza junto a la ventana y cuando me dispuse a pagar, alguien chocó accidentalmente conmigo. Levanté la vista, llevaba dos cafés en sus manos, se disculpó con una sonrisa y me preguntó si estaba bien. Hoy hay otra chica, otra persona pidiendo dos cafés, tropezando, excusándose, otra chica desaparecida, otro nombre en los titulares, otro culpable y muy tarde volví a pensar que realmente olvidé algo importante.

La Entropía de lo no vivido de Juan David De La Rosa Varilla

En el Campus El Volador, el tiempo no se mide en minutos, sino en la rotación de los bloques. Para cualquier mortal, un martes a las 10:00 a.m. es solo el ruido blanco de una clase de Química General; para mi sistema de referencia, es la activación de la coordenada exacta en el Bloque 46. Ella aparece como una anomalía en el vacío, ignorando la fricción de la multitud. Su trayectoria hacia Matemáticas Básicas no sigue los senderos de concreto, sino una línea de mínima resistencia aerodinámica.

Cruza entre el Bloque 25 y el 11 trazando vectores que ningún acelerador podría contener. No camina: órbita, y en su órbita, el resto de la universidad se convierte en estática. Desde el laboratorio, con el alma calibrada en grados Kelvin, cuantificó la cadencia de sus pasos como quien mide un fluido por una válvula. Soy el observador silencioso, el estudiante de Mecánica que ha decidido que antes de amar, hay que simular.

Activo el 'Greiff-Sim v.2.6'. La interfaz de vectores áureos empieza a procesar los datos bajo un zumbido que disipa la angustia en forma de calor latente. Forcé el algoritmo para que nuestras trayectorias buscaran un punto de resonancia armónica en el espacio-tiempo de la Sede. En la pantalla, vi cómo nuestras estructuras se acoplaban sin desgaste, evitando cualquier deformación plástica. Amparado por mi derecho a imaginar, proyecté un escenario opulento: un futuro rutilante donde nuestras energías se transformaban en trabajo eterno.

Pero el simulador lanzó un destello carmesí: 'Error de Convergencia'. El sistema colapsó al intentar tabular su variable más inefable: una disautonomía que alteraba los ciclos de control y ese deseo de 'ir despacio' que el software, en su lógica binaria, solo interpretó como resistencia infinita al movimiento. La sobrecarga térmica era inminente; mi máquina no estaba diseñada para procesar la incertidumbre de un alma que se niega a ser medida.

El sistema colapsa. Los ventiladores se extinguen en un suspiro metálico y la pantalla se sumerge en negro absoluto. En la penumbra, ocurre el quiebre definitivo: comprendo que la simulación que acabo de crear es tan matemáticamente pura, que la Mariana de carne y hueso —con sus dudas, fallas biológicas y realidad empírica— ha dejado de ser el objetivo para convertirse en una interferencia externa.

Mi derecho a imaginar no ha sido un consuelo de enamorados, sino un acto de soberanía sobre mi propio universo. En mi sistema de referencia, diseñé el único cosmos donde los engranajes encajan sin ruido y las almas no temen a la fricción. La realidad física afuera del laboratorio ya no importa; es un modelo teórico defectuoso. Al final, ella no se fue. Se quedó viviendo en la única realidad que no admite errores de convergencia: mi imaginación. El diseño está completo; el prototipo es perfecto porque nunca enfrentará la imperfección de existir.