viernes, 3 de julio de 2026

Los encantos del Tolima de Oscar Fernando Calderón Moncaleano

Cuando recorríamos el parque principal de El Espinal, de paseo por el Tolima, lo primero que vimos fue a un hombre desnudo de larga cabellera que fumaba sentado sobre una piedra, tomamos fotos mientras se comentaban datos curiosos sobre el mohán. -¡Quién sería ese tal mohan, lo había oído escuchar como una leyenda pero nada serio!-. Una vez en Saldaña, un anodino pueblo también del Tolima donde vivían mis tíos y donde pasaríamos un par de semanas, salí con un primo a dar una vuelta en moto por el pueblo, cerca nos encontramos a un par de sus amigos, con quienes cuadramos para ir a echar baño al río; nos fuimos todos en tres motos, éramos cinco en total, llevamos pola y algo de mecato, como el río dista poco del caserío llegamos pronto, mi primo se sentó a armar un cigarrillo, mientras sus amigos se quitaban la ropa quedando en boxer, uno de ellos particularmente tenía un cuerpo escultural, atlético, todos lo mirábamos con disimulo, ya en el agua todo eran chanzas y risas, hasta cuando me dio por preguntar si creían en el mohán, uno me miró raro, otro simplemente dijo que es cuento del pasado, cosa de viejos y pescadores, hoy no se habla de eso, supersticiones dijo otro, pero si quiere saber sobre el tema, hable con ese pescador que dice haberlo visto... Me señalaron un señor sin camisa que estaba sentado sobre una canoa muy cerca de allí, lo vi y se me pareció al mohán que vimos en El Espinal, -¡Vamos, es Beto yo lo conozco!- dijo entusiasmado mi primo; una vez con este señor de unos cuarenta años, de cuerpo trabajado por el río y tostado por el sol, nos contó cómo una noche de madrugada salió a pescar como de costumbre y que de la nada vio a un hombre desnudo que nadaba muy cerca de él moviendo su canoa con fuerza, reconoció que era el mohán por su larga cabellera y el brillo de su mirada, sintió miedo pero también una extraña atracción hacia él, comentó confundido... en eso me percaté que mi primo no le quitaba la mirada al cuerpo del pescador, cosa que también yo hacía, y como la tensión entre los tres era evidente, pues la verdad el pescador poseía un gran atractivo, pasado un rato nos invita a acampar esa noche en el río, que él pone el aguardiente y que esa noche bajo la luna llena, si queríamos, conoceríamos los encantos del Mohán...

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