Era un río,
un riachuelo o una quebrada ¿Qué más daba? Simplemente pasaba por debajo del
puente de guadua donde un ratón con pantalones orquestaba la marcha de palomas
que protestaba por la aparición de un halcón que las cazaba. Indiferente seguía
mi mirada lo que ante mí se presentaba.
Caminé tras
bajar del tren de madera que por aquellos días pasaba vacío. Inclemente era la
lluvia que caía sobre las cabezas de la muchedumbre viandante que corría de un
lado a otro. “Un tinto, por favor” le pedí al perro con corbata de rombos
morados, que hacía las de barista en una cafetería contigua a un guadual de
enormes y gruesas cañas. Bebí de la caliente taza el amargo sabor que
propiciaba una greca como la que había en aquel local desprovisto de lujos.
Tras meditarlo brevemente, emprendí mi viaje a pie por las serpenteantes calles
de una ciudad como aquella. Caminaba sin rumbo, motivado por el capricho de
perderme irremediablemente.
Por fachadas
de bareque escurrían las aguas caídas del cielo que ahora resultaba en una
impoluta negrura, espesa y estática. Decidí entrar a un bar. Tomé lugar en una
de las mesas altas para beber un poco de tapetusa acompañada de un vaso con
jugo de algarrobo. Tras sentir el devenir de la borrachera propiciada por tan
fuerte licor quise tomar aire.
Estridente
fue el bombazo que se escuchó, acompañado casi de manera inmediata por el
súbito fluir de un río, un riachuelo o una quebrada ¿Qué más daba? Ahora este
cuerpo de agua anegaba la cantina. Entre totumas, vasos y botellas desesperada
gritaba la sabaleta que alegaba no saber nadar. Me deslizaba ahora a voluntad
del afluente entre las calles que antes pisaba. Un bagre con traje de lana me
ofreció su ayuda, este me llevó hasta donde podía pisar tierra y tras darle 2
monedas de cuero este emprendió nuevamente su viaje.
Veía ahora
mi ciudad, inundada, destrozada. Las paredes de las calles que hasta hace poco
escuchaban el vaivén de una vida diaria, eran ahora el cauce de un cuerpo de
agua que no recordaba.
De la
iglesia, que a lo lejos divisaba, solo distinguía la fachada que soportó el
techo para mi bautismo, mi celebración nupcial y mi prematura muerte. Allí, en
el mutismo de aquella noche me dije a mí mismo: “Ay mi Señora de Chiquinquirá,
tan bonitos cuadros que tenías”.
Hermoso 😍
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ResponderEliminarJuan José Jiménez Sepúlveda
ResponderEliminarBuen poema, potente… Me llevaste a otro habitar con esos relatos profundos sin salir de mi cuarto y siendo testigo pues todo lo leí y todo lo observé…
ResponderEliminarJuan Jose tu texto permite al lector transitar entre lo trágico, lo vulnerable y lo inevitable de la vida; atraviesa su ser y lo lleva a reflexionar sobre su propia existencia
ResponderEliminarIncreíble , me encantó 😻
ResponderEliminarQue gran retrato de lo cotidiano, de lo inevitablemente caótico para alguien que solo busca sentirse a gusto en medio de tanto ruido y disrupción. Buenísimo.
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