viernes, 3 de julio de 2026

Agua sobre fachada mojada de Juan José Jimenez

Era un río, un riachuelo o una quebrada ¿Qué más daba? Simplemente pasaba por debajo del puente de guadua donde un ratón con pantalones orquestaba la marcha de palomas que protestaba por la aparición de un halcón que las cazaba. Indiferente seguía mi mirada lo que ante mí se presentaba.

Caminé tras bajar del tren de madera que por aquellos días pasaba vacío. Inclemente era la lluvia que caía sobre las cabezas de la muchedumbre viandante que corría de un lado a otro. “Un tinto, por favor” le pedí al perro con corbata de rombos morados, que hacía las de barista en una cafetería contigua a un guadual de enormes y gruesas cañas. Bebí de la caliente taza el amargo sabor que propiciaba una greca como la que había en aquel local desprovisto de lujos. Tras meditarlo brevemente, emprendí mi viaje a pie por las serpenteantes calles de una ciudad como aquella. Caminaba sin rumbo, motivado por el capricho de perderme irremediablemente.

Por fachadas de bareque escurrían las aguas caídas del cielo que ahora resultaba en una impoluta negrura, espesa y estática. Decidí entrar a un bar. Tomé lugar en una de las mesas altas para beber un poco de tapetusa acompañada de un vaso con jugo de algarrobo. Tras sentir el devenir de la borrachera propiciada por tan fuerte licor quise tomar aire.

Estridente fue el bombazo que se escuchó, acompañado casi de manera inmediata por el súbito fluir de un río, un riachuelo o una quebrada ¿Qué más daba? Ahora este cuerpo de agua anegaba la cantina. Entre totumas, vasos y botellas desesperada gritaba la sabaleta que alegaba no saber nadar. Me deslizaba ahora a voluntad del afluente entre las calles que antes pisaba. Un bagre con traje de lana me ofreció su ayuda, este me llevó hasta donde podía pisar tierra y tras darle 2 monedas de cuero este emprendió nuevamente su viaje.

Veía ahora mi ciudad, inundada, destrozada. Las paredes de las calles que hasta hace poco escuchaban el vaivén de una vida diaria, eran ahora el cauce de un cuerpo de agua que no recordaba.

De la iglesia, que a lo lejos divisaba, solo distinguía la fachada que soportó el techo para mi bautismo, mi celebración nupcial y mi prematura muerte. Allí, en el mutismo de aquella noche me dije a mí mismo: “Ay mi Señora de Chiquinquirá, tan bonitos cuadros que tenías”.


7 comentarios:

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  2. Buen poema, potente… Me llevaste a otro habitar con esos relatos profundos sin salir de mi cuarto y siendo testigo pues todo lo leí y todo lo observé…

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  3. Juan Jose tu texto permite al lector transitar entre lo trágico, lo vulnerable y lo inevitable de la vida; atraviesa su ser y lo lleva a reflexionar sobre su propia existencia

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  4. Que gran retrato de lo cotidiano, de lo inevitablemente caótico para alguien que solo busca sentirse a gusto en medio de tanto ruido y disrupción. Buenísimo.

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