Aquella tarde el cielo estaba gris y opaco, tanto como mi corazón. Me apresuré al hospital; llevaba doce horas de viaje entre aeropuertos y aviones, pero esta vez era diferente. Sentía la necesidad de estar ese día justo ahí.
Empujé la puerta de la habitación con la
misma sutileza de alguien que se niega a ver con sus propios ojos la verdad. Lo
vi. Estaba consciente, acostado en esa camilla fría y lleno de aparatos. Di dos
pasos antes de sentir que mi corazón se salía de mi pecho. Sentí un frío
recorrer mi cuerpo, desde mi cabeza hasta mis pies.
Estaba en los huesos. Ya no veía al
hombre robusto y fuerte que dejé en casa al partir a la ciudad. Pero esos ojos,
esos ojos tenían el mismo brillo de siempre, y en sus labios se dibujó una leve
sonrisa al verme. En mi corazón sentí la misma alegría que él en ese momento.
—Mi niña, llegaste —susurró.
Pude notar su angustia en cada palabra,
su voz temblorosa y entrecortada. Sabía que esta vez sería diferente. Esta
maldita vez no saldrías sonriente del hospital hablando mal de las enfermeras
por regañarte, y en el fondo de mi alma yo también lo sabía.
Corrí a tu costado, tomé tu mano y la
apreté suavemente. Quería que sintieras que estaba acompañándote, que no
estabas solo y que nunca más lo estarías, aunque mi mano se sentía más fría que
la tuya.
—Padre mío, ya estoy aquí —fue lo único
que mi boca pudo articular antes de que por mis mejillas rodaran lágrimas.
—No importa qué ocurra, no vayas a llorar
—me dijo.
—No digas esas cosas, te vas a recuperar
—contesté.
Aunque los dos sabíamos que eso no iba a
pasar, yo quise darte calma, porque te conocía tanto que sabía que estabas
deshecho por dentro, y vi en tus ojos el miedo.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía
prisa. De hecho, anhelaba la eternidad de ese momento. Por primera vez estaba
siendo yo: vulnerable, despojada del ego, en un mar de lágrimas, destruida por
el dolor de saber que sería la última conversación que tendríamos y atemorizada
por pensar que olvidaría tu voz y cómo se escuchaba tu risa; que ya no me llamarías
a diario para preguntarme cómo me fue en la universidad o en mis cumpleaños a
las cinco de la mañana, que era tu hora favorita para cantarme el cumpleaños.
Me reincorporé como pude, me limpié las
lágrimas y te hablé desde el corazón.
—Me siento tan orgullosa de tenerte como
padre. Estoy tan agradecida, padre mío, por tanto esfuerzo, por tanto amor, por
haberme formado desde el respeto. Por ser mi cómplice y mi compañero de
aventuras. Voy a estar a tu lado sin importar lo que ocurra, siempre, porque yo
soy tu familia. Así como tú me calmaste cuando en llanto vine al mundo, así te
doy la calma que necesitas para que tu alma trascienda. Voy a sujetar tu mano
hasta que nuestro Dios te reciba y goces de la felicidad duradera junto a
nuestro Padre.
En ese momento suspiraste profundamente y
me dijiste:
—Te amo, mi niña…
Entonces los aparatos que tenías
conectados a tu cuerpo empezaron a sonar diferente. Tus ojitos se apagaron y
ahí supe lo que ocurría: te me estabas yendo para siempre.
Te besé la mano y, justo en ese momento,
una enfermera me arrebató de tu costado y me echó fuera.
Salí de la habitación. El cielo lloraba
conmigo tu partida física y, justo ahí, otra vez abrí los ojos cuando escuché
el llamado de la aerolínea para el abordaje. Ya había pasado una hora desde que
empecé a imaginar esa despedida que nunca llegaría y ocho horas desde tu último
aliento. Seguía sujetando con rabia ese tiquete de avión porque, al otro lado
del país, ya no me estarías esperando con mi helado favorito y ese abrazo que
unía todas mis piezas rotas, como de costumbre.
Esta vez te encontraría en una caja
oscura, rodeado de gente que me dirán que te amaban y que se apiadan de mi
dolor, pero que no tienen ni la más mínima idea del caos y la destrucción que
deja tu partida en mí.
No sé cómo manejar esta culpa de no haber
llegado a tiempo.
Muy buena historia, logra que uno imagines esas dos emociones: Tristeza y rabia.
ResponderEliminarUna historia real y muy dolorosa, nos lleva a otro mundo.
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