Para Ricardo los objetos nunca estaban simplemente rotos, estaban traumados, cada uno contaba su propia historia. Tenía el don de escuchar sus recuerdos al tocar su superficie. Una taza agrietada le transmitía la ansiedad de una traición; un viejo reloj detenido le gritaba el pánico de un infarto. Ricardo los reparaba en su agradable taller con hilos de oro y mucha paciencia, liberando los ecos de dolor atrapados en ellos. Era un secreto absoluto, pues el mundo no estaba listo para entender que las cosas inanimadas también sangran.
Todo cambió una tarde
lluviosa cuando la campanilla de la puerta tintineó. Una niña de no más de ocho
años, con un impermeable rosa pastel entró arrastrando los pies sin decir ni
una sola palabra, colocó un peluche de felpa marrón algo deformado, sus fibras
derretidas y cuyo ojo izquierdo de botón colgaba de un hilo negro en el roble
del mostrador. La pequeña lo miró con súplica muda en los ojos y huyó hacia la
tormenta antes de que él pudiera reaccionar. Intrigado, Ricardo tomó el oso de
felpa y el trauma lo asaltó. La mente de Ricardo se llenó de gritos coléricos y
del siseo del agua hirviendo, sintió la tela empaparse de un calor agónico y
abrasador que deshacía costuras entre un llanto ahogado…Ricardo abrió los ojos
de golpe, horrorizado, con el corazón desbocado, aún no lograba asimilar la
ansiedad de su mente cuando la campanilla volvió a sonar con fuerza. Entró un
anciano de unos sesenta años, empapado por la lluvia, cansado y con los ojos
inyectados en sangre.
-Busco a mi nieta… La vi
salir a escondidas con ese oso y la vine siguiendo. ¿Estuvo aquí?
-Sí -dijo Ricardo
entregándolo-. El oso está arruinado por agua hirviendo, lamento el infierno
que esa niña vivió con su padre.
El anciano miró al oso
con lástima infinita y susurró:
-Hijo… mi yerno está
muerto, el muñeco no está quemado porque su padre la atacara…Quedó así porque
la piel de su padre se quedo atrapada en la felpa, ella no vino a que le
repararas su oso, vino a limpiarlo antes de que llegue la policía.
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