Hoy me levanto apenas suena el gallo. Es día de ir a cumplir con mi deber como ciudadano en este gran país, mi queridísima Colombia. La mañana está helada y húmeda. Camino por la trocha de siempre, con el barro pegado a los zapatos, mientras motos, buses y parlantes políticos que llevan semanas atormentando el pueblo.
Me
acomodo el sombrero, sacudo un poco el polvo de mi saco negro de drill y sigo
el camino. Hace años no veía tanta emoción hay banderas, camisetas de
colores y doña María prometiendo el cambio mientras ofrece el fiambre que “el
doctor” mandó para más tarde; todos parecen tan vivos hoy.
Mientras
en la tienda de don Efraín me detengo por un tinto, nada raro; nadie me saluda,
aunque eso ya es costumbre. La muchacha que sirve el café me mira raro cuando
le hablo, como si hubiera visto un espanto, le sonrío con educación; uno nunca
debe perder los modales, ni siquiera en elecciones.
Sigo
caminando hasta la pequeña escuela del pueblo, la misma que los profesores
lograron pintar gracias a una rifa de pollo asado organizada para recoger
fondos, paso la entrada y me dirijo donde pusieron las mesas de votación. Hay
una fila larga bajo el sol que apenas empieza a calentar. Escucho discusiones
sobre fraude, mercados regalados y buses llenos de gente traída de quién sabe
dónde, lo normal; democracia le dicen. Cuando por fin llego a la mesa, el
jurado bosteza mientras revisa la lista. Pasa el dedo lentamente por los
nombres y de repente levanta la mirada sorprendido.
—¿Número
de cédula? —me pregunta nervioso.
Se
la digo y el hombre traga saliva, mira otra vez el papel; luego mira mi cara.
Después vuelve a mirar el papel.
—Aquí
dice que usted…
Se
queda callado y yo sonrío paciente.
—Sí
señor, aquí aparezco. Nunca falto a una elección.
Los
otros jurados se acercan, una señora se persigna y otro muchacho se pone
pálido. Pero al final me entregan el tarjetón, porque en este país podrá faltar
el agua, la plata y hasta la vergüenza, pero jamás un voto. Entró al cubículo
lentamente y marco mi candidato con cuidado y deposito el voto en la urna. La
registradora pita como si nada, simplemente exhaló y pienso; un voto más para
la democracia y un ciudadano cumplido más para la patria.
Salgo
de la escuela mientras los testigos electorales murmuran a mis espaldas, hace
frío, el viento sopla fuerte y levanta polvo en la plaza. Ya es más de medio
mediodía, ¿Cómo pasó el tiempo tan rápido?, seguro ya se acabó el fiambre donde
doña María. Sin más, emprendo el camino de regreso. Paso nuevamente por la
tienda, por la cancha vacía y por la vieja iglesia del pueblo, nadie me
detiene, tampoco me hablan; tal vez porque ya todos entendieron.
Ya
finalmente cruzo el portón oxidado del cementerio; y avanzo entre las lápidas
hasta llegar a la mía. Le paso la mano al mármol y leo, como cada cuatro años;
mi nombre grabado; me acomodo dentro del ataúd con tranquilidad, porque en
Colombia hay tradiciones que ni la muerte puede quitar.
Tiene un buen giro el cuento. Me gustó
ResponderEliminarLa verdadera realidad del tiempo de elecciones, me encanta el giro que da la historia, excelente.
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