En el Campus El Volador, el tiempo no se mide en minutos, sino en la rotación de los bloques. Para cualquier mortal, un martes a las 10:00 a.m. es solo el ruido blanco de una clase de Química General; para mi sistema de referencia, es la activación de la coordenada exacta en el Bloque 46. Ella aparece como una anomalía en el vacío, ignorando la fricción de la multitud. Su trayectoria hacia Matemáticas Básicas no sigue los senderos de concreto, sino una línea de mínima resistencia aerodinámica.
Cruza entre el
Bloque 25 y el 11 trazando vectores que ningún acelerador podría contener. No
camina: órbita, y en su órbita, el resto de la universidad se convierte
en estática. Desde el laboratorio, con el alma calibrada en grados Kelvin, cuantificó la cadencia de sus pasos como quien mide un fluido por una
válvula. Soy el observador silencioso, el estudiante de Mecánica que ha
decidido que antes de amar, hay que simular.
Activo el
'Greiff-Sim v.2.6'. La interfaz de vectores áureos empieza a procesar los datos
bajo un zumbido que disipa la angustia en forma de calor latente. Forcé el
algoritmo para que nuestras trayectorias buscaran un punto de resonancia
armónica en el espacio-tiempo de la Sede. En la pantalla, vi cómo nuestras
estructuras se acoplaban sin desgaste, evitando cualquier deformación plástica.
Amparado por mi derecho a imaginar, proyecté un escenario opulento: un futuro
rutilante donde nuestras energías se transformaban en trabajo eterno.
Pero el simulador
lanzó un destello carmesí: 'Error de Convergencia'. El sistema colapsó al
intentar tabular su variable más inefable: una disautonomía que alteraba los
ciclos de control y ese deseo de 'ir despacio' que el software, en su lógica
binaria, solo interpretó como resistencia infinita al movimiento. La sobrecarga
térmica era inminente; mi máquina no estaba diseñada para procesar la
incertidumbre de un alma que se niega a ser medida.
El sistema
colapsa. Los ventiladores se extinguen en un suspiro metálico y la pantalla se
sumerge en negro absoluto. En la penumbra, ocurre el quiebre definitivo:
comprendo que la simulación que acabo de crear es tan matemáticamente pura, que
la Mariana de carne y hueso —con sus dudas, fallas biológicas y realidad
empírica— ha dejado de ser el objetivo para convertirse en una interferencia
externa.
Mi derecho a
imaginar no ha sido un consuelo de enamorados, sino un acto de soberanía sobre
mi propio universo. En mi sistema de referencia, diseñé el único cosmos donde
los engranajes encajan sin ruido y las almas no temen a la fricción. La realidad
física afuera del laboratorio ya no importa; es un modelo teórico defectuoso.
Al final, ella no se fue. Se quedó viviendo en la única realidad que no admite
errores de convergencia: mi imaginación. El diseño está completo; el prototipo
es perfecto porque nunca enfrentará la imperfección de existir.
Es interesante como usa términos que se manejan día a día como ingenieros y lo relaciona con cierta persona, el como proyecta que queramos ver una situación sentimental como un sistema en el que nuestro objetivo en la simulación es un funcionamiento ideal, sin reconocer aveces la complejidad del ser humano.
ResponderEliminarBastante creativo. 🙌
ResponderEliminarQue inspiración, una historia increíble ❤️
ResponderEliminarAltamente profundo e inspirador
ResponderEliminarBro, ¡qué locura! está muy bueno, eso diría un lector. Pero para mí, que conozco un poco el lore... diría que es muy atrevido.
ResponderEliminarWow, qué inmersivo. Qué forma tan poética de decir que le salió mal el laboratorio hahshahahah
ResponderEliminarIncreíble, me tienes sorprendido de verdad uno nunca termina de conocer los talentos de las personas
ResponderEliminarEfectivamente, es literatura, es como si Borges y pizarnik tuvieran un hijo
ResponderEliminarMe encantó!!! Que talento tienes para el arte de las palabras…
ResponderEliminarLa bestia
ResponderEliminarEl último enamorado mano
ResponderEliminar¡Qué maravilla de relato! Me encantó la forma en que transformas el lenguaje rígido de la física y la termodinámica en pura poesía. Ambientarlo en el Campus El Volador le da una identidad fantástica y muy nuestra, pero lo que hace excepcional a este texto es el desenlace. Ese "Error de Convergencia" y la metáfora de que el sistema colapse ante la imperfección humana de Mariana es una genialidad. Nos deja una reflexión profundísima: a veces preferimos el refugio de nuestras simulaciones perfectas antes que lidiar con el desgaste y la entropía de la vida real. Un cuento inteligente, melancólico y magistral. ¡Indiscutiblemente el ganador! 👏🏼
ResponderEliminarDemasiado profundo
ResponderEliminarRomeo sin Julieta
ResponderEliminarSinceramente me dejó sin palabras y tuve que releerlo varias veces. Me pareció brutal cómo lograste meter la ingeniería y la mecánica para explicar algo tan humano y a su vez transmitir tantas emociones. Me tocó bastante, porque aunque anteriormente no lo haya visto de esa forma, uno sí termina convirtiendo ciertos bloques en sistemas de referencia... e incluso en lugares que uno prefiere no volver a habitar (como el Bloque 14). Me súper encantó
ResponderEliminar